Volví a Tepoz a reunirme con mis humildes posesiones. Los libros habían quedado “para lo último” porque pesaban demasiado. Pasaron 5 años. Cada libro tiene su historia (la historia de cómo nos encontramos). 

Amo mucho los libros. La experiencia (porque no es sensación, no es trabajo) de leer no tiene comparación. Mi corazón se agranda cuando leo. Me sale del pecho, trasciende los muros, los tiempos, los nombres y hace que ame, que ame fuerte a los hombres y a las mujeres, a la Humanidad, al lenguaje, a la mente, a la memoria, al conocimiento y a la fantasía. Al corazón único que late para que todo exista.

Como dije en algún twit:

Amo los libros, amo el lenguaje, amo la mente alerta de la gente que despierta.

O en algún otro twit:

¿Cuánta belleza puede ser pronunciada en nuestro lenguaje? Con 27 letras, dime, ¿cuánta belleza eres capaz de pronunciar?

En fin, que amo los libros y solía tener muchos. Los fui perdiendo, regalando, repartiendo en el camino (porque la vida nómade y descarriá, es así).

En una de esas vueltas de la vida (esas vueltas kármicas de 180 grados, esos volantazos de energía, esos despliegues fenomenales de espacialidad), me vi alejada de lo que consideraba mi hogar (en México) para sembrar semillas en ese otro territorio también llamado hogar (en Argentina).

(Nota: ya aprendí que mi hogar es mi cuerpo.)

Total que, gracias a la gentileza del gran Iván (nota: Iván significa “gran”, es una redundancia lo que dije) quien resguardó mis libros en su casa durante años, pude finalmente reencontrarme con mis viejos amigos. Un poco más machucados, oliendo un poco más a humedad, medio amarillentos, pero siempre vigentes en su integridad.

Y ahora, vamos a la foto:

Elegí estos libros para tomarles foto, y anuncié que contaría la historia de cada cual. Así que, vamos por parte:

El Bhagavad Gita

Este libro llegó a mis manos gracias a un Hare Krishna en Parque México. Era el festival Krishna en donde regalan deliciosa comida vegetariana a quien sea que pase, y hay flores, cantos y colores por doquier. Por un momento, es como si la Ciudad de México fuera otra parte. Algo parecido a un Carnaval. Un amable Krishna se me acercó y me lo ofreció. Lo tomé y leí que atrás decía:

“Cuando las dudas me atormentan, cuando los desengaños me desafían y no veo esperanza en el horizonte, acudo al Bhagavad Gita y encuentro un verso que me reconforta. Inmediatamente aparece en mí una sonrisa en medio de esa enorme tristeza” (Mahatma Gandhi).

Y también:

“Cuando leo el Bhagavad Gita, me pregunto cómo creó Dios al universo. Entonces, todo lo demás se vuelve superfluo.” (Albert Einstein).

Como ambos me caen bien, sobre todo Einstein porque saca la lengua en las fotos (genio y humor son, en última instancia lo mismo: no sabemos nada, todo es un misterio y solo la risa nos salva del error de lo literal), le compré ese libro al sujeto pelón. Fue en septiembre del 2010 (según leo escrito en la primera hoja, con mi letra). Luego, más adelante, tuve un breve período de “encantamiento” por Krishna, la deidad azul, y sus locas aventuras. Hasta se me apareció una vez. Pero esa es otra historia (de hecho, son dos historias).

 

El Arte de Ver (Aldous Huxley)

Este libro es muy interesante porque cuenta cómo Aldous Huxley (autor de Un Mundo Feliz) recupera la vista, luego de quedar ciego (ciego-ciego) gracias a las técnicas de entrenamiento visual de un tal Dr. W. H. Bates. Una amiga me lo recomendó y fui a buscarlo a una librería (aún vivía yo en Buenos Aires, así que habrá sido entre el año 2001 y 2004), pero me dijeron que el libro había sido discontinuado, no se editaba más. Recorrí varias, decenas de librerías de usados, hasta que finalmente di con una que tenía un ejemplar. Lo compré, lo fotocopié y se lo regalé a varios amigos “chicatos” (de vista corta).

Con este libro entendí, también, la inmensa voluntad que requiere curarse.

El Arte de Amar (Erich Fromm)

Este libro me lo regaló un amante que me quiso mucho, pero se me cruzó a destiempo (como tantas veces ocurre). Al final, las historias de amor tienen más que ver con los tiempos que con las personas. Cuando es buen tiempo, aparece la persona. No importa quién sea: cuando es momento, es momento.

Tiene una dedicatoria hermosa que dice así:

El amor, como la semilla que da la vida, florece por un impulso biológico y, como la vida en sí, hay que cultivarlo. De nosotros dependen los frutos. Las decisiones hacen al humano y luego el humano hace las decisiones: todo es cuestión de tiempo y forma, la forma cambia en el tiempo, cuando el tiempo toma forma… como una espiral, como el agua del desierto, como las lágrimas del alma o la risa del corazón, como volver a donde venimos, regresarle su esencia a dios, conocerte de otros mundos… Creo que por aquí has estado siempre y que, como hoy, te he amado de muchas formas…”

(Nota: wow. Hacía muchos, muchos años no abría este libro. Esa dedicatoria dice “diciembre del 2007”. Más de una década. Me pregunto si es acertado escribirla aquí o no. Me pregunto, también, por qué no. Este es mi espacio, y las palabras son palabras, y el amor es el amor).

De Profundis (Oscar Wilde)

Amo a Oscar Wilde, pero por sobre todo, lo amé. Durante mis veintes fue referencia constante. Me gustaba su superficialidad profunda, su humor inglés, su snobismo de arrabal, su decadencia pomposa. Su ironía, su sagacidad, su finura, sus formas. Me gustaban mucho sus formas. Y los veintes, esa década, para mí es la década del cuerpo y de la forma. Experiencia sensorial, exploración y carnaval. Oscar es de mis veintes.

Ahora no me magnetiza tanto (los treintas son la década del espíritu), pero este libro, De Profundis, me sigue impactando por la crudeza del final de sus días. Lo siento cercano (a veces me pasa con personajes célebres: se desdibuja la distancia y los siento tan humanos como yo). Su última máscara es la que persiste, quizás por eso ya no quiera ver sus otras caretas.

Las Canciones Lesbianas (Cydno de Mytilene)

Este libro se nota que es una edición vieja, muy vieja, ya que ¡tiene las hojas pegadas! Me lo regaló mi amigo Antonio porque, justamente, tiene las hojas pegadas y hay que despegarlas o “desvirgarlas” con el dedo (guiño de ojo, por el título). Intenté hacerlo, pero las rompí. Así que siguen pegadas.

Guía para hablar el idioma Náhuatl

Siempre fui fan de las palabras, del lenguaje y de las lenguas. Desde los 15 años comencé a estudiar idiomas y siempre hubo ahí un tesoro seductor, un universo por descubrir, infinidad de secretos que expresan infinidad de culturas que expresan la infinidad del ser.

Cuando vine a vivir a México, aprender lo básico del idioma Náhuatl me pareció fundamental. Compré ese libro y sí, algo sirvió, aunque lo que más sirve es la observación y el oído: todo lo que suena parecido, lo que tiene una raíz o una terminación similar, recordarlo y después, buscar el significado y establecer analogías. Ese es mi método, lento, gradual, pero funciona.

Finalmente, Macanudo, de Liniers

Tengo tantos, que ni me acuerdo de dónde fueron saliendo. Algunos los compré, otros me los regalaron. Una vez un amigo me regaló un cuadrito que tenía enmarcado un dibujo de Fellini que decía: “Feliz Cumple, Corina! Con afecto, Liniers”. Y entre tanta mudanza y entre tanta vuelta de la vida, se extravió. Liniers, si algún día lees esto, me encantaría otro dibujito tuyo otra vez. 🙂 Formas parte de mi vida desde hace mucho.

 

 

 

 

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